miércoles, 2 de noviembre de 2016

www.NovelaEnCurso.es

Buenas.

Hoy vengo a comentar que me mudo de sitio. El blog ya llevaba parado un tiempo, y aunque no va a ser un abandono completo, para la parte de asuntos literarios me cambio a www.novelaencurso.es.

Aquí seguiré poniendo mis cosas de tecnología, series, etc. pero la parte de las letras necesitaba un impulso que espero dárselo al crear la nueva web.

Espero veros por allí.

www.NovelaEnCurso.es

domingo, 15 de mayo de 2016

La muerte de Blanca Navidad


La muerte de Blanca Navidad

Me llamo Emilio, en mi DNI pone que tengo 40 años, pero me siento mucho más viejo, cada día más. Me dedico a un sector en el que no se pueden tener amistades ni relaciones duraderas, y en el que no creo que dure mucho más tiempo; tarde o temprano o te jubilas o te jubilan, supongo que pasa lo mismo en otras líneas de trabajo.
Hace unas horas que salí de trabajar pero me encargaron un trabajo extra. Como tenía algo de tiempo antes de tener que completarlo me vestí con unos vaqueros cómodos, una camisa verde oscuro y mi ajada cazadora de cuero marrón, salí a disfrutar la noche.
Entré en un bar tranquilo a tomar una cerveza negra, supongo que es un poco como yo, algo amarga. El bar era de esos con las paredes forradas de madera, con sillas incómodas, poca iluminación y un servicio que deja bastante que desear, pero demonios, la cerveza estaba buena y a la temperatura correcta, con eso me suele valer.
Al fondo del local había un grupo de chicos jóvenes, bebiendo el combinado de moda y armando algo de jaleo, no mucho pero lo justo para tapar el sonido del disco de jazz que sonaba por los altavoces. A escasos centímetros de mí, una mujer joven que se acercaba cada vez más a mí, no por querer estar cerca sino por querer alejarse de esos chicos que habían estado intentando seducirla, muy burdamente, desde que había entrado al local.
Vestía con un traje ligero de tonos azulados, zapatos de poco tacón, una pequeña mochila vaquera que hacía las funciones de bolso y el pelo rubio recogido en dos coletas. Tomaba un Blenheim que el camarero había preparado con poca maña y mucho esfuerzo para sacarle el zumo a una naranja esmirriada como niño de cualquier posguerra.
En cierto momento intentó entablar conversación.
—Hola.
—Hola.
—¿No te importará que me haya acercado, verdad? Es que me estaban empezando a molestar bastante los chicos del fondo.
—Tranquila, no hay problema.
—La verdad es que necesito estar sola.
—Bien.
—Pero luego nunca lo consigo, siempre se me acerca alguien a hablar y acabo compartiendo charlas con cualquier desconocido.
—Ajá.
—Y mira que me gustaría ser de esos que no necesitan hablar con nadie.
—Todo el mundo habla con alguien, aunque sea en silencio con ellos mismos —dije en tono bajo para ver si cogía la indirecta.
—Puede que tengas razón... ¿cómo te llamas?
—Emilio.
—Encantada Emilio, yo soy Blanca. ¿A qué te dedicas? Yo soy enfermera en el hospital que hay a dos manzanas de aquí, es un buen trabajo pero genera mucho estrés, sobre todo cuando pierdes a algún paciente, no son momentos agradables, algunos de esos momentos me gustaría poder arrancármelos de la cabeza —se quedó recordando durante unos segundos con gesto serio—, pero no es posible, hay que seguir, ayudando a los demás enfermos.
—Ya supongo, debe ser una profesión vocacional.
—Sí, desde niña quise dedicarme a ayudar a la gente y en casa cuando caía alguien enfermo me encargaba de que se tomaran las medicinas y descansaran lo suficiente. No es una profesión en la que te metes porque no hay otra alternativa, o por el dinero, eso seguro que no.
—No todo es el dinero, o eso dicen.
—Ya, jajaja, sobre todo lo dicen los que tienen mucho.
—No te creas, mientras más tienen más quieren, he conocido a cada cuál...
—Bueno, esa filosofía de vida no va conmigo. Por cierto Emilio, al final con todo lo que hablo no te he dejado que me contestes, ¿a qué te dedicas?
La miré a los ojos, que estaban rebosantes de vida, e intenté aclarar algo la garganta dando un trago a la cerveza que se estaba ya atemperando. No suelo divulgar mi profesión, pero la ocasión merecía la pena, o eso pensaba.
—Soy asesino a sueldo.
Al principio una sonrisa intentó escapar de sus labios, pero al ver que la miraba con cara seria se dio cuenta de que estaba diciendo la verdad.
—Y tú, Blanca Navidad, eres mi siguiente encargo.
Estaba atónita, sin saber cómo reaccionar.
—No va a ser ya mismo, pero va a ocurrir. Alguien me ha pagado una decente suma de dinero para que acabe con tu vida. No quiere que sufras, sólo que dejes de existir, pero antes de eso me ha dicho que quiere que sepas el por qué se ha llegado a esta situación.
—No te he dicho mi apellido —dijo con un casi inaudible hilo de voz.
—Ya lo se, he dicho tu nombre completo para que veas que esto no es una broma ni un farol. Soy un profesional y no disfruto con estas situaciones, son sólo negocios.
En ese momento empecé a recordar mis primeros trabajos.
La primera vez que quité una vida es cierto que no lo disfruté, cuando acabé el trabajo no podía mas que vomitar, supongo que era mi corazón, mi alma en descomposición. Yo era prácticamente un niño que no tenía la necesidad de usar cuchillas de afeitar matando con un cuchillo. No fue un trabajo limpio, demasiada sangre, demasiado caos, gritos, golpes, exceso de adrenalina por hacer algo prohibido, prisa por recoger el pago.
Ahora, si lo pienso bien, no recuerdo ni la cara ni el nombre del hombre al que arrebaté el futuro. Sólo la sensación de asco cuando hube terminado.
A partir de ahí se hizo más fácil, más frío, cada vez más profesional.
—¿Y por qué me quieren muerta?
—Ya no hablas tanto, supongo que estás en shock.
—¿Por qué?
—Había un niño, el hijo de mi cliente, que fue al hospital en el que trabajabas anteriormente con un simple dolor en la zona abdominal. Un principio de apendicitis. La operación fue bien y lo mandaron a planta para que se recuperara.
—Daniel —dijo mientras empezaban a brotar lágrimas de sus ojos.
—Veo que ya recuerdas. Supongo, sé, que algo así no se olvida de manera fácil.
Volví a mi pasado, quitar la vida a un niño no se olvida, haya sido de manera accidental o intencionada.
Recordé a Juan, un chaval de 15 años. El primer, y último, menor de edad al que despojé de ilusiones, de más días por vivir. No os llevéis a engaños, el chico en cuestión era un pieza, de los que comienzan robando algo a hurtadillas en una tienda y acaban quitándole el bolso a una señora mayor a punta de navaja. Este había subido el nivel y le había levantado el coche a quien no debía.
Me llamaron a mí para que mandara el mensaje, y lo mandé, para eso me pagan. Lo capturé una noche cuando salía a hacer travesuras y lo llevé a un desguace, lo metí en un coche, lo até con las manos al volante y prendí fuego. Nadie volvió a robar un coche a mi cliente.
—Fue un error, yo no quería —dijo trayéndome de vuelta al mundo real.
—Dicen que estabas despistada, haciendo cosas para llamar la atención de cierto médico, y se te fue de las manos. En lugar de un coagulante le administraste al paciente un anticoagulante y éste, Daniel, se desangró internamente por las heridas de la operación sin que nadie pudiera hacer nada por él. Triste manera de morir.
—Ya pagué por mi error.
—Administrativamente, pero a ojos de mi cliente ahora llega tu verdadero castigo.
—No, por favor, no lo hagas, puedes rechazar el trabajo —dijo rompiendo en lágrimas.
—No es personal, créeme, incluso me caes bien, pero tengo que completar el trabajo.
Ahí me sorprendió, no esperaba que después de los llantos y las lágrimas de cocodrilo actuara como lo hizo.
Salió corriendo, tiró los taburetes que tenía a su alcance para trabar mi camino hacia ella y salió por la puerta del local tirando al suelo a una pareja que estaba entrando en ese momento.
Reaccioné más lento de lo que debía y me costó salir por la puerta saltando sobre la pareja que no sabía qué había pasado. Desde la puerta vi que Blanca subía por la derecha y apreté el paso para cogerla mientras iba sorteando transeúntes.
Casi un minuto y unos doscientos cincuenta metros después conseguí darla alcance empujándola contra una papelera y haciéndola caer.
—No me mates, por favor, te lo ruego —dijo mientras trataba de llenar sus pulmones con algo de oxígeno.
Intenté cogerla para levantarla y me tiró una patada que dio justo en la rótula, haciéndome perder el equilibrio.
—Quédate quieta, por tu bien, o dolerá.
—¡Duele todos los días desde la muerte de Daniel!
—Lo sé, su padre me ha mandado a acabar con tu dolor, porque no puede acabar con el suyo propio. En tu mano está que sea rápido y decoroso o todo lo contrario.
Estalló de ira y volvió a lanzar patadas que esta vez no alcanzaban su objetivo, intentó arrastrarse para volver a huir y la cogí de un pie del que perdió el zapato. Conseguí dejarla inconsciente con un golpe en la nuca y la llevé a un lugar donde acabar el trabajo.
El zapato quedó atrás con la suela mirando al cielo, como sabiendo que nunca más volvería a ser usado para caminar.
Llegamos a un pequeño callejón lleno de cubos de basura de los locales de la zona.
Justo cuando iba a acabar con ella, recuperó el conocimiento.
—Por fav —antes de que pudiera volver a suplicar por su vida la disparé entre los ojos.
La he disparado entre los ojos, no han pasado ni dos horas desde eso. Últimamente me cuesta más terminar los trabajos, bueno, no el hecho de terminarlos, sino seguir viviendo después de terminarlos como si no pasara nada.
Después he vuelto al bar del que salimos precipitadamente, he pagado lo que se debía y le he comentado al camarero que era una especie de juego de rol de pareja para avivar la llama y no caer en la monotonía. Supongo que se lo ha tragado porque no ha hecho preguntas.
Ahora estoy en mi casa, bebiéndome la última cerveza que quedaba en la nevera, con la pistola al lado del vaso, intentando recordar las caras de todos a los que he quitado la vida.
No puedo, sólo veo la cara de Blanca. Sus ojos verdes, su pelo rubio, sus piernas delgadas pero firmes al lanzar las patadas.
Era una buena chica que cometió un error, el pago puede haber sido demasiado.
¿Cuánto tendré que pagar yo por mis errores?
Si el precio es una vida por otra vida... no puedo morir tantas veces. Puede que el pago sea verlos en mis pesadillas, en la cola del supermercado, en la barra del bar, que me hablen y me hagan compañía cuando estoy solo. ¿Por qué lo hiciste? ¿Por dinero? Me preguntan sin descanso cuando cierro los ojos.
Tengo 40 años según mi DNI, pero me siento mucho más viejo, cada día vivo con todos a los que he quitado la vida. Es agotador.
Miro la pistola sobre la mesa, hay una bala en la recámara.
Creo que va llegando la hora de jubilarme.

sábado, 14 de mayo de 2016

RASPBERRY PI 3 & RASPBIAN JESSIE 10/5/16 (I)


Recientemente he adquirido un nuevo juguete, una Raspberry pi 3, para jubilar a mi antigua Raspberry. La nueva tiene así a bote pronto 7 veces más potencia, lo cual algo hará.



Ahora voy a poner los primeros pasos que hago yo, quizá no estén demasiado detallados, pero supongo que algo sabréis si estáis leyendo esto y tenéis un aparato similar. En siguientes artículos pondré instalaciones de software u otras cosillas.

1.- Instalación

Descargar imagen de la página de Raspberry Pi

https://www.raspberrypi.org/downloads/raspbian/

Insertar tarjeta SD en equipo, yo lo hago en linux. Si hay alguna partición en la tarjeta hay que eliminarlo todo, se puede hacer perfectamente en el gestor de particiones de KDE.

Si el HD principal del equipo es el /dev/sda la tarjeta se quedará como /dev/sdb. Esto se puede comprobar con el siguiente comando:

sudo mount -l

Lo siguiente que tenemos que hacer es pasar el archivo 2016-05-10-raspbian-jessie.img a la tarjeta SD, posiblemente lo tengamos en un archivo zip, descomprimidlo antes. El comando que hacemos para instalar la imagen en la tarjeta es el siguiente:

sudo dd bs=4M if=Descargas/2016-05-10-raspbian-jessie.img of=/dev/sdb

2.- Iniciando

Cableamos la raspberry y la arrancamos. Comenzará con la versión gráfica, yo no es lo que voy a utilizar, pero empezaremos por ella. Esta versión ya expande automáticamente el sistema de archivos al completo de la SD, con lo cual es un paso menos que tendremos que hacer, pero si no lo hiciera por cualquier razón sólo tendremos que lanzar desde una consola

sudo raspi-config

y utilizar la opción 1.

Yo de inicio cambio las passwords de root y del usuario pi.

sudo passwd root
sudo passwd pi

Esto también se puede hacer desde raspi-config

Después cambio las opciones de localización, de teclado,... también desde raspi-config (opción 5). Y con la opción 3 le digo que la próxima vez arranque en modo consola, nada de escritorio, y que no se autentique automáticamente (algo de seguridad aunque sea poca).

3.- La red

Este es un paso con algo de cambio y dificultad porque ha habido cambios con la introducción del dhcpcd. Antes había que modificar /etc/network/interfaces si queríamos tener una IP estática, pero eso ya no es así.

Por otro lado, esta raspberry tiene integrada la opción de wifi, así que voy a configurar todo a la vez. Para ello, desde la consola, hacemos lo siguiente:

sudo nano /etc/dhcpcd.conf

Y editamos el fichero de la siguiente manera:

interface eth0
static ip_address=192.168.2.15/24
static routers=192.168.2.1
static domain_name_servers=208.67.222.222 208.67.220.220 8.8.8.8 8.8.4.4

interface wlan0
static ip_address=192.168.2.16/24
static routers=192.168.2.1
static domain_name_servers=208.67.222.222 208.67.220.220 8.8.8.8 8.8.4.4

Con esto ya tendríamos la Ips asignadas a cada interfaz de red, para la wifi habría que hacer algo más, añadiendo el ssid de la red y la password de la misma, para ello, ejecutamos lo siguiente:

sudo nano /etc/wpa_supplicant/wpa_supplicant.conf

y lo editamos:

country=ES
ctrl_interface=DIR=/var/run/wpa_supplicant GROUP=netdev
update_config=1

network={
ssid="nombre_wifi"
psk="password_wifi"
}

Reiniciamos la raspberry:

reboot

Al iniciar de nuevo, ya tendremos IP fija y podremos utilizarla para conectarnos via ssh, comprobaremos las interfaces de la siguiente manera:

pi@raspberrypi:~ $ ifconfig
eth0 Link encap:Ethernet HWaddr b8:27:eb:17:cb:8b
inet addr:192.168.2.15 Bcast:192.168.2.255 Mask:255.255.255.0
inet6 addr: fe80::ba27:ebff:fe17:cb8b/64 Scope:Link
UP BROADCAST RUNNING MULTICAST MTU:1500 Metric:1
RX packets:987 errors:0 dropped:0 overruns:0 frame:0
TX packets:304 errors:0 dropped:0 overruns:0 carrier:0
collisions:0 txqueuelen:1000
RX bytes:79634 (77.7 KiB) TX bytes:54162 (52.8 KiB)

lo Link encap:Local Loopback
inet addr:127.0.0.1 Mask:255.0.0.0
inet6 addr: ::1/128 Scope:Host
UP LOOPBACK RUNNING MTU:65536 Metric:1
RX packets:84 errors:0 dropped:0 overruns:0 frame:0
TX packets:84 errors:0 dropped:0 overruns:0 carrier:0
collisions:0 txqueuelen:1
RX bytes:7140 (6.9 KiB) TX bytes:7140 (6.9 KiB)

wlan0 Link encap:Ethernet HWaddr b8:27:eb:42:9e:de
inet addr:192.168.2.16 Bcast:192.168.2.255 Mask:255.255.255.0
inet6 addr: fe80::ba27:ebff:fe42:9ede/64 Scope:Link
UP BROADCAST RUNNING MULTICAST MTU:1500 Metric:1
RX packets:1812 errors:0 dropped:1110 overruns:0 frame:0
TX packets:41 errors:0 dropped:0 overruns:0 carrier:0
collisions:0 txqueuelen:1000
RX bytes:344806 (336.7 KiB) TX bytes:7373 (7.2 KiB)

jueves, 26 de marzo de 2015

Fugaz


Fugaz

Una noche como otra cualquiera,
en un bar tomando una cerveza,
hasta que esa morena belleza,
apareció haciendo...

Los versos no salían pero no podía dejar de pensar en ella. La había conocido hacía escasas 48 horas, no se le iba de la cabeza. Era la cara más bonita que había visto en mucho tiempo, aunque había un problema, no podía recordarla.

Atisbaba algo de sus labios, sus ojos oscuros, su pelo negro, en momentos sin tiempo que se escapaban en cuanto ponía atención en ellos, pero era incapaz de recordar su cara completa, y eso le reconcomía por dentro.

Se arreglaba en el espejo,
pelo aquí o allá, y pintalabios,
mientras buscaba en su reflejo
cruzar miradas...

Incapaz de acabar una simple rima seguía pensando en ella, en su sonrisa y en su forma de hablar, directa, sin remilgos ni dobleces; sin frenar la conversación natural con un total desconocido como si hubieran compartido palabras durante años.

Esa sensación que tan pocas veces se da, de haber pasado tiempo con la otra persona a pesar de conocerla apenas de unos minutos, no se le iba de la cabeza, y quería pasar aun mas minutos con ella.

¿Qué música te gusta?
Sobre todo esto y aquello,
aunque ahora que preguntas
nunca vi rostro tan bello.

Para una rima que era capaz de completar, era la peor que había escrito en su vida, infantil, burda y sin ritmo... sólo quedaba borrar y empezar de nuevo mientras intentaba con trazo ligero dibujar su rostro en un pedazo de papel.

Rostro que no era capaz de recordar; rostro perteneciente a una mujer que sería capaz de reconocer incluso sin mirarla, pues tan hondo le había llegado que lo más impactante de ella a simple vista, su hermosa cara, no era nada en comparación con lo que era en realidad.

Y con dos besos nos despedimos,
cada uno por nuestro lado,
lo que dimos recibimos,
fue fugaz pero te he amado.

Y aunque no te encuentre en otro tiempo,
y si en otro espacio no nos cruzamos,
recordaré con ternura, así lo siento,
los segundos eternos que pasamos.


viernes, 20 de marzo de 2015

Relatos para 12 ratos

Llevo algo de tiempo escribiendo, algunas veces cosas buenas, y otras no tan buenas; pero persevero y corrijo cosas antiguas, y sí, soy muy pesado.

Ahora he montado un pequeño libro, en formato AZW3 MOBI y EPUB, que podéis descargar haciendo click en la siguiente imagen.


http://goo.gl/Hxr05l

Algunos son largos, otros son cortos, unos son de ciencia-ficción, otros de terror, misterio, etc.

Espero que los disfrutéis.

PD: Podéis compartirlo o enlazarlo... es gratis.

miércoles, 25 de febrero de 2015

El ministerio del tiempo

Anoche, 24 de Febrero, estrenaron en La1 una serie a la que le han dado bastante bombo últimamente, porque cambia ligeramente el paradigma de las series españolas al adentrarse en el terreno de la fantasía y la ciencia ficción, en teoría.

La serie, 'El ministerio del tiempo', que en algunos sitios han intentado relacionar con 'Doctor Who', desde mi punto de vista tras haber visualizado el primer capítulo no tiene demasiada relación. Creo que se podría relacionar mucho más con series como 'Warehouse 13' ya que trata de un grupo recién formado para solventar problemas entrando a formar parte de una organización secreta con siglos de antigüedad.


Sobre los personajes, después del primer capítulo, se comprueba que están bien construidos y que cada uno tiene sus fortalezas y sus debilidades que podrán mostrar en cada época a la que crucen por las puertas.

El humor ha sido otro de los puntos a favor que ha tenido el capítulo de estreno, no se ve forzado y viene dado por el choque cultural. Es sutil, lo cual es raro  ya que por estos lares siempre se ha buscado el chascarrillo fácil.

Yo hace muchísimos años que no le doy una oportunidad a una serie española, creo que desde 'Plutón BRB Nero', pero en esta ocasión va a tocar ver 'El ministerio del tiempo', si siguen por esta senda.

PD: El homenaje a Curro Jimenez... punto a favor.

José Manuel

JOSE MANUEL

Esta es la historia de José Manuel. En principio podría parecer que su vida no es merecedora de ser contada, pero incluso la historia de una hormiga puede tener momentos importantes o emocionantes.
Ahora tiene 35 años y vive solo en un pequeño piso desde hace unos meses, la única gente que ha visitado su piso han sido sus familiares más cercanos y porque le ayudaron con la mudanza. Podría parecer que lleva una vida aburrida, algo gris y solitaria.
Ya desde pequeño mostró cierta animadversión hacia el escándalo, las reuniones con mucha gente o el alboroto de los espacios abiertos. Mientras que sus padres le obligaban a ir con ellos, por encontrarse en una edad temprana, conoció algo del exterior; a regañadientes los acompañaba cuando éstos salían a cenar o a tomar algo con los amigos, pero cuando tuvo edad suficiente como para quedarse solo en casa reclamó vehementemente su derecho a no tener que acompañarles a todos los sitios.
Aun así, sus progenitores intentaban que saliera a la calle con ellos de vez en cuando previendo que estaba entrando en una rutina poco sana. No os confundáis, no es que no tuviera amigos, los tenía; jugaba al fútbol y al baloncesto en aquella época, pero no cultivaba demasiado las relaciones con los otros chicos de su edad. Podría decirse que era bastante aséptico; bajaba al parque, hacía lo que había bajado a hacer y se subía a casa a la hora exacta en la que emitían por la tele alguna de sus series preferidas.
Poco a poco fue perdiendo amistades que, aunque ya eran efímeras desde un primer momento, llegaron a ser inexistentes. Sobre todo cuando cambió de centro escolar. Casi sin darse cuenta dejó de relacionarse con los demás y se le veía cada vez más enfrascado en sus cosas, sus libros, su música, el deporte que le gustaba ver por la televisión sin que nadie le molestara con forofísmos o algarabías…
Sus padres mientras tanto seguían insistiendo, aunque cada vez menos, que les acompañara a tomar algo, a cenar, o incluso de vacaciones, pero la respuesta era siempre la misma aunque en diferentes versiones: estoy ocupado, no me apetece o ir vosotros solos que ya he planeado yo otra cosa; en definitiva: un claro no.
Y mientras seguía viviendo en su mundo, en el que quería estar solo y nadie le dejaba; parecía que la gente tuviera la firme convicción de apartarlo de sus pensamientos, arrastrarlo al medio de ruido y estar rodeándole siempre.
En la última época de sus estudios conoció a gente como él, o al menos, más parecidos a él que el resto de la humanidad. Quizá por los gustos y aficiones, o por la futura profesión que iban a desarrollar todos, tenían ciertas semejanzas que les hacían estar a gusto mientras estaban juntos, y que nadie se molestara cuando querían ir por libre.
Se encontraba cómodo en soledad, le gustaba… hasta cierto momento.
Sus padres, sus familiares más cercanos, e incluso sus amigos, si es que tenía a sus conocidos por tal, dejaron de intentar sacarle de su burbuja temiendo la negativa tantas veces escuchada.
Y ahí fue cuando empezó a echar de menos las oportunidades que le habían ido brindando en el pasado. Encontró lo que tanto había ido buscando y no le agradó el resultado, la soledad no era plato de buen gusto. Se dio cuenta, aunque tarde, de que debía haber actuado de otra manera en el pasado.
Intentó cambiar el curso de su vida pensando que no era tarde. Intentó salir de su zona de confort, que cada vez se había ido reduciendo más y más.
En su vida profesional se había caracterizado por una gran autosuficiencia, quizá obligado porque no le gustaba tratar demasiado con los demás compañeros, así que intentó potenciar esa cualidad para salir a tomar algo, sin compañía alguna, e intentar hacer amistades.
Se arregló lo justo, salió a la calle y fue a la zona de copas más cercana. Entró en un bar que no parecía demasiado lleno y pidió una cerveza.
—¿Cómo va la noche? —Le preguntó a la chica de detrás de la barra.
—Son cinco euros —recibió por respuesta.
—Veo que os contratan con facilidad de palabra. Ahí están los cinco euros —contestó malhumorado por el desaire de la camarera y cogió el tercio para darle un trago que le aliviara la tensión que llevaba encima por estar en un entorno poco familiar.
Se apoltronó en la barra durante tres horas intentando entablar conversación con cualquiera que se pusiera a su lado, pero los resultados fueron negativos durante toda la noche.
—Ponme la última, simpática —le dijo a la camarera.
—Son cin…
—Sí, son cinco euros, me lo has dejado claro las cuatro veces anteriores, no hace falta que me lo repitas —la interrumpió—. Supongo que no hay ronda de la casa en éste tipo de locales —dijo mientras ponía un billete de diez sobre la barra.
—Aquí están las vueltas, gracias —respondió la camarera dejando un usado billete de cinco junto al tercio de cerveza.
—¿A que éste es el mejor sitio para estar solo? —Le preguntó un cliente que se había situado junto a él en la barra.
—Eso parece —contestó fríamente José Manuel dejando pasar la posibilidad de entablar una conversación. Dio trasiego a la cerveza y salió por la puerta pensando en lo que había ocurrido durante la noche.
No cejó en el empeño de conocer gente nueva y repitió varias veces el experimento durante el siguiente mes, siempre sin resultados positivos; también probó a entablar conversación en otros lugares y situaciones pero no daba con la tecla correcta.
Un día en el autobús, cuando iba a casa desde el trabajo, se encontró con unos antiguos compañeros del colegio que iban hablando amigablemente como si no hubiera cambiado nada en los últimos veinte años.
—Hola Tomás, Carlos ¿cómo estáis? Cuanto tiempo.
—Hombre, ¿qué tal? —Respondió uno de ellos con cara de apuro por no recordar su nombre, aunque sí ligeramente su cara.
—Bien, ¿cuánto ha pasado desde el colegio?, ¿veinte años? —Dijo José Manuel sin darse cuenta de que no se acordaban de él.
—Sí, mucho tiempo, ¿verdad? Nos bajamos aquí, a ver si nos vemos otro día con más tiempo y nos tomamos algo —dijo el otro sin demasiada convicción.
—Sí claro, cuando queráis. Adiós.
—Adiós Alberto —dijo el primero de ellos probando con el primer nombre que se le pasó por la cabeza mientras salía por la puerta del autobús.
—Ni siquiera había un Alberto en nuestra clase —pensó José Manuel mientras que se daba cuenta de lo que había pasado en los últimos tres minutos.
No se acordaban de él, ya no es que tuviera dificultad para conocer gente nueva, sino que pasaba desapercibido ante la gente que había conocido en el pasado. Le habían olvidado, estaba experimentando un tipo de soledad diferente al que conocía; un tipo nuevo y más doloroso. Los recuerdos que guardaba del colegio habían sido pisoteados en unos instantes al darse cuenta que bien podía no haber vivido aquellos momentos, porque la gente con la que los había compartido le había olvidado.
Llegó a su pequeño piso, tiró el abrigo sobre el sofá y fue a beber algo de agua para pasar el mal trago. Fue al baño y se quedó mirándose al espejo casi sin reconocerse; no le solía prestar mucha importancia a su propio reflejo.
—Estás solo, amigo —se dijo a sí mismo—. El último mes ha sido una pérdida de tiempo y dinero, salir por ahí no ha servido de nada, nada más que para llevarse disgustos.
—Algo tienes que cambiar, salir a conocer gente nueva no ha servido para nada hasta el momento —le respondió la imagen del espejo.
—Algo debo de estar haciendo mal. Estoy seguro de que soy una persona agradable, que puedo mantener una buena conversación cuando se me da algo de tiempo y puedo saltar sobre mi timidez.
—¿Hace cuánto que no hablas con alguien con franqueza? —Preguntó inquisitivamente el reflejo mirándose a sí mismo directamente al alma—. ¿Hace cuánto tiempo que no tienes una conversación de verdad?
—No es fácil, uno no se puede abrir así como así con gente desconocida, hace falta un tiempo.
—Tu falta de confianza con los demás te ha traído a éste momento, ya no es sólo tu timidez, es que no confías en la gente y crees que por salir de bares los fines de semana vas a encontrar a alguien con quien congenies. ¡Tú has visto muchas películas!
Durante un rato bastante largo, José Manuel se dijo cosas y se replicó a sí mismo frente al espejo sin llegar a buen puerto. De hecho, cada vez se encontraba peor con su situación, consigo mismo. No había tenido una conversación personal más larga en su vida, y estaba solo. Estaba mal, lloró desesperado, se rió como un loco y volvió a la calma después de una hora de diálogo. Se acostó sin llevarse nada al estómago esperando que amaneciera en un día mejor.
Hay ocasiones en las que la almohada te lleva a reflexiones que estando despierto eres incapaz de llegar, y ésta fue una de esas contadas veces.
Cuando José Manuel se despertó se encontraba mejor, más relajado. Mientras desayunaba echó la mente atrás e intentó averiguar dónde y cuándo estaba la raíz del problema que le había llevado a ésta situación. Vio las negativas que había repartido a familiares y amigos cuando éstos intentaban que se abriera al mundo. Vio lo mal amigo que había sido cuando sus compañeros de clase le venían a contar sus cosas, chiquilladas en aquellos tiempos, y él decía que no tenía tiempo para tonterías. Reconoció lo mal hijo que había sido al despreciar las invitaciones de sus padres cuando éstos intentaban sacarle de casa para tomar el fresco y un refrigerio en alguna terraza.
Vio claramente los errores que había cometido y que le habían llevado a estar solo, a sentirse solo, a hablar solo.
No quería volver a cometer los mismos errores en el futuro. De hecho, quería reparar, en la medida de lo posible, los errores del pasado.
También vio sus errores más cercanos en el tiempo, no necesitaba conocer gente nueva, tenía que reconectar con gente de su pasado. Tendría que empezar por el principio.
Al siguiente sábado fue a casa de sus padres a media tarde, subió y tocó al timbre. Su madre abrió la puerta.
—¿Te pasa algo, hijo? —Preguntó preocupada ante la inesperada visita.
—Hombre, chaval, ¿qué te trae por aquí? —Dijo su padre que se había acercado a la puerta.
Entraron en el salón.
—Sólo he venido a ver qué tal os iba, hacía ya un tiempo que no me pasaba a veros.
—¿Seguro que no te pasa nada? —Volvió a decir su madre—. Te noto algo más flaco de lo normal.
—Que no, que sólo venía a veros. ¿Os apetece salir a tomar algo? Hace buena tarde.
Sus padres cruzaron miradas por un instante, podría decirse que a los dos les brillaban los ojos.
Sin pensarlo un momento cogieron sus cosas y salieron por la puerta con su hijo por delante que, por primera vez en 35 años, había tenido la iniciativa para invitarles a salir a tomar algo.

lunes, 23 de febrero de 2015

Tumbado

TUMBADO

Después de quince minutos de lucha, al final, acabé con ella.

Al principio no quería que la situación terminara así, pero mientras más intentaba que se fuera, procurando no hacerla daño, más se quedaba; más adentro de la habitación se movía.

Era pequeña, o grande, no sé muy bien cuál será el tamaño estándar para una salamanquesa, ésta medía unos 10 o 12 centímetros de piel gris pardusco con pequeños bultos de color negro recorriendo todo su cuerpo. Sus ojos también eran negros, estaban a los lados de su cabeza achatada y triangular y parecían estar prestando atención a todo lo que ocurría en aquella habitación de hotel, de paredes cubiertas con papel azul claro y detalles marrones. Su cola no se movía un ápice para mantener la vertical en la pared sin riesgo de desprenderse al suelo.

Se encontraba a unos 30 centímetros por encima del flexo, que iluminaba la mesa de madera barata que estaba utilizando de oficina, supongo que aprovechando que ahí confluían moscas y mosquitos danzando alrededor de la luz que el mismo desprendía. Debía de estar planificando la mejor manera de darse un banquete.

En mi primer intento por echarla de la habitación se fue corriendo por la pared, prácticamente ingrávida, hacia el quicio de la puerta a poco más de metro y medio. Fue un intento inútil desde su planificación ya que iba con muchos remilgos y poca decisión. Para la segunda tentativa cogí un pañuelo, y el objetivo de agarrarla por la cola y lanzarla por la ventana, pero se escapó burlona buscando una salida, situándose en el marco de aluminio lacado en blanco de la ventana abierta. Me dije a mí mismo que a la tercera iba la vencida y agarré un rotulador grueso que llevaba en el maletín con la intención de acercarme a ella sigilosamente y reducirla aplastando con el mismo en lo que podríamos denominar su cuello. Así lo hice, pero con demasiado ímpetu, demasiada decisión esta vez, tanta que reventé su cabeza en la pared de papel azul dejando una mancha roja difícil de limpiar.

Mi parte más bondadosa sólo pensaba en que si hubiera ido a por la cola, en lugar de a por el cuello, podría haber preservado su vida; aunque mi parte más oscura pensaba que si la hubiera atacado con un estilete o un abrecartas el final habría sido el mismo, pero más limpio.

Intenté pasar por el asunto de la manera más rápida posible, recogí los restos y los lancé por el retrete, pensando en que había salvado la vida de algunos mosquitos de la habitación, y que seguramente me lo agradecerían por la noche dándome algún picotazo como habían hecho las dos noches anteriores.

Tenía la intención de acabar el trabajo por el que había tenido que ir a aquel pequeño pueblo, así que me dispuse a terminar de leer los informes para acabar con todo el papeleo a la mañana siguiente y poder regresar a casa con la familia. Una hora después me acostaba.

Recuerdo que algún ruido me despertó, conseguí abrir los ojos no sin esfuerzo, y forzando la vista vi que pasaba por poco de las dos de la madrugada, las 02:07 exactamente. Todavía quedaban cuatro o cinco horas para que amaneciera así que intenté quedarme dormido de nuevo, pero tenía una sensación extraña en mi cuerpo, cierta rigidez que me impedía moverme libremente, como si la gravedad hubiera aumentado súbitamente y mi cuerpo pesara una tonelada.

Estaba tumbado de lado, sobre el hombro derecho, no estaba hecho un ovillo pero sí que estaba algo recogido con las rodillas dobladas intentando acercarse al pecho. La sensación de calor era importante y la humedad de la zona no ayudaba, parecía que me hubieran tirado un cubo de agua gelatinosa encima, como si me hubieran regado el cuerpo y cientos de babosas se hubieran divertido haciendo carreras sobre mí. Las sabanas se me pegaban al cuerpo de tal manera que parecían una segunda piel, como si la unión de mi cuerpo y las sábanas formáramos una crisálida.

Seguí intentando quedarme dormido pero al rato vi que era imposible. Volví a abrir los ojos para mirar de nuevo la hora, los números rojos de la pantalla digital del reloj de mesilla seguían marcando las 02:07. No era posible, tenían que haber trascurrido al menos 20 minutos desde la última vez que lo había mirado. La sensación de irrealidad de todo aquello empezaba a fundirse con la pesadez que llevaba aguantando mi cuerpo desde la primera vez que me desperté con aquel ruido en medio de la noche, y me estaba empezando a agobiar.

Me quedé mirando el reloj, y no cambiaba de hora, marcaba perpetuamente las 02:07. ¿Se habría roto el reloj? ¿Estaría alguien macabro gastándome una broma pesada? ¿Me estaría volviendo loco?

Con esa última pregunta recordé algo, no una idea clara pero sí el recuerdo de una lectura pasada. Todo era difuso pero sabía lo que tenía que hacer en una situación como esta. Tenía que contarme los dedos de la mano. Me fue imposible. El brazo derecho, sobre el que descansaba mi cuerpo, me dolía a horrores y era un suplicio el simple hecho de pensar en moverlo. El brazo izquierdo sin embargo no me dolía, todo lo contrario, no lo sentía; daba la sensación de que todo el cuerpo se había despertado menos mi brazo izquierdo que seguía dormido bajo el mandato de Morfeo.

Intenté con todas mis fuerzas moverlo, pero no sentía ni un mísero cosquilleo. Esto era algo que me había ocurrido ya con anterioridad, y que siempre lo solventaba abriendo y cerrando la mano para reactivar la circulación y que las perezosas células nerviosas del brazo empezaran a funcionar, pero en ese momento el brazo tenía decidido que no se movería ni aunque metiera los dedos en un enchufe.

Intenté girar y tumbarme sobre la espalda para liberar el brazo derecho y la preocupación siguió en aumento. No podía moverme.

Desde que me había despertado sólo recordaba haber podido abrir los ojos, el resto de mi cuerpo permanecía inerte, paralizado, como una roca cubierta por la arena del desierto durante milenios.

Empecé a ponerme nervioso, más nervioso. Y con ello más sudaba, y más se me pegaban las sábanas al cuerpo y todo iba en crescendo.

Ya que cada intento que estaba haciendo por girarme era infructuoso hice un primer intento de estirarme ya que sería una posición más fácil desde la que volcarme a un lado u otro. Para que lo veáis más claro, estaba tumbado de lado formando algo parecido a una “K” y necesitaba convertirme en una “J” para así intentar rodar para ponerme o sobre la espalda o sobre el pecho, lo que antes ocurriera.

Comencé haciendo fuerza con las piernas para intentar estirarlas hacia los pies de la cama pero no resultó, las rodillas parecían unas bisagras oxidadas y no cambiaban de ángulo pese a mis esfuerzos. Después intenté cambiar de posición actuando alternamente con los abdominales y los lumbares, pero nada ocurrió. Podía contraerlos pero no había movimiento. El cuello fue el último punto que intenté mover, necesitaba moverlo un poco, daba lo mismo que fuera un mínimo giro o cambiar algo su ángulo sobre la almohada. Nada.

No había hecho tanto ejercicio físico en muchos años, el cuerpo me pesaba y estaba empapado, la circulación fluía alterada por el constante bombeo del corazón ante el esfuerzo y el reloj seguía marcando imperturbable las 02:07.

Estaba desesperado, no sabía qué hacer y las preguntas seguían percutiendo en mi cabeza. ¿Me habrán drogado para robarme y por eso no puedo moverme? ¿Estaré siendo objeto de algún experimento? ¿Hay algo más, súcubo o alienígena, en esta habitación impidiendo mi movimiento? Cada pregunta que me hacía era más disparatada y parecía que habían pasado horas y no podía moverme. Estaba cansado y el juicio se me empezaba a nublar.

Estaba a punto de ceder en mi esfuerzo cuando pensé que si con tensión no era capaz de moverme quizá debía probar con el extremo opuesto, ¿sería posible que llegando a un estado de profunda relajación los músculos y huesos se desbloquearan y pudiera moverme?

Empecé intentando controlar la respiración, que estaba bastante agitada por el esfuerzo. Respiraciones pausadas y profundas, contando hasta tres en la inspiración, manteniendo el aire en los pulmones mientras contaba hasta 8 y soltando poco a poco este con otra cuenta, esta vez hasta 15. Así, la frecuencia de los latidos fue menguando paulatinamente, pasando hasta lo que se puede definir como pulsaciones reposadas, entre 60 y 70 por minuto.

A partir de ahí, intenté relajar los músculos uno a uno desde los pies a la cabeza, sin prisa pero sin pausa: pies, gemelos, cuádriceps, femorales, abdomen, etc. Al llegar al cuello ya notaba como el brazo izquierdo, que antes estaba dormido empezaba a despertar dando pinchazos por toda su longitud, era una buena señal; dolorosa pero buena.

En ese momento me desperté de nuevo con un ruido, como si todo lo que había ocurrido no fuera más que un sueño, una pesadilla más bien.

Miré el reloj, temiendo profundamente que siguiera marcando las 02:07, pero no era el caso. Ahora marcaba las 05:12.

Presté atención a mi cuerpo en cuanto vi que la hora había cambiado. Lo primero que noté fue el mismo dolor que la vez anterior en el hombro derecho, debía de haber pasado toda la noche durmiendo sobre el mismo lado. Después sentí el cosquilleo, más bien como pequeñas agujas punzantes, en el brazo izquierdo; se estaba despertando. Probé a abrir y cerrar repetidas veces la mano izquierda y podía hacerlo sin problemas. Noté como se evaporaba parte de la tensión que tenía encima. La cama seguía húmeda y el calor seguía siendo agobiante, eso no había cambiado, pero al menos podía moverme.

Entonces intenté hacer la última prueba para demostrar que había vuelto a la realidad. Me giré rodando a la izquierda, primero reposando la espalda sobre el colchón y luego haciendo el giro completo para reposar sobre el hombro opuesto al que había pasado la noche, sueño incluido.

Después de eso me desperté aquí, en la cama de un hospital. Me dijeron que pasé dos días inconsciente. Al principio no recordaba lo que había pasado, pero después de que el doctor me contara que había sufrido un shock empecé a tirar del hilo hasta recordarlo todo tal y como te he contado.

Lo que sucedió después de conseguir girarme no sé si es realidad o sólo parte del sueño, pero estirada, a mi lado en la cama, vi como una salamanquesa, mucho mayor que la que había matado al principio de la noche, estaba recostada junto a mí mirándome directamente a los ojos y relamiéndose con su larga lengua.

Y cuando digo que era grande, lo era.